¿Qué te viene a la cabeza cuando mencionamos la palabra “evaluación”? Probablemente “alumnado”, ¿verdad?. Y seguro que lo relacionas automáticamente con la acción sistemática y periódica de comprobación del nivel de aprendizaje. Es decir, con el acto de buscar evidencias del grado en el que se alcanzan los estándares de rendimiento, del grado en que se logran las competencias. Una forma de comprender el proceso de evaluación que tiene que ver directamente con la evaluación pedagógica en sentido estricto, y que se aleja mucho del nuevo paradigma educativo al que nos enfrentamos hoy.

Evaluación del docente

Pero si damos un paso más y decimos que es necesario evaluar el desempeño docente, ¿no le viene ahora de forma inmediata el término “amenaza”?

Comencemos con la premisa de que la evaluación debe ser siempre un proceso de mejora, algo que nos fuerce hacia la reflexión indispensable para avanzar tanto a nivel personal como profesional. El objetivo de evaluar al docente es doble. Por un lado, para obtener indicadores fiables de calidad docente; y por otro lado, para conocer resultados sobre el rendimiento en el desempeño de la actividad en aras de mejorar. Ahora bien, toda evaluación debe ser siempre interpretada como una posibilidad de autoevaluación o autovaloración del progreso del docente y, en definitiva, del sistema y del proyecto educativo en el que nos encontramos. Asimismo, no perdamos de vista el hecho de que la calidad de nuestra comunidad educativa incide directamente en el perfil del alumnado que sale del centro educativo y, en definitiva, en lo que puede ser una ventaja competitiva para hacer que nuestro proyecto educativo se diferencie de los del resto.

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Así, bajo esa perspectiva de mejora de la calidad, ¿cuáles serían las claves para abordar la evaluación del docente de forma eficaz? Veamos estas tres.

  1. Ir más allá del “sabe o no sabe”.

El objetivo final debe ser interpretar los resultados para proponer o no cambios a nivel de conocimiento o del estilo educativo del docente. La idea final es evidenciar su conocimiento sobre lo que sabe, y sobre lo que hace y puede llegar a hacer. Más allá del aspecto técnico, de los conocimientos sobre la disciplina o la materia que imparte, la primera clave es detectar oportunidades de mejora para lograr la alineación del docente con el estilo educativo de nuestro centro en beneficio, siempre, del aprendizaje y del conocimiento del alumno. No olvidemos nunca que la evaluación del docente se percibe como amenaza porque se asocia directamente con un “pasa o no pasa” al igual que se hace con el alumnado.

  1. Ir más allá del “vale o no vale”

Todo proceso de evaluación tiene un componente ético ya que puede plantear situaciones de desigualdad y generar tensión al verse el docente cuestionado. Nos guste o no reconocerlo, el docente sigue creyéndose en situación de ventaja en el aula, con lo que hay una clara resistencia al cambio que produce la situación en la que es el alumnado u, otro compañero o  o compañera del centro educativo, quienes le evalúan su saber y su saber hacer. Y aunque no haga falta decirlo, es también contraproducente enviar el mensaje de utilizar los resultados de la evaluación con objeto de tomar decisiones sobre la continuidad o no del docente en el centro.

  1. Ir más allá del “hace o no hace”

Nunca debemos diseñar estas evaluaciones con un objetivo de control, como una observación del puesto de trabajo reducida finalmente a la inspección del cumplimiento o no de los procedimientos del proceso de enseñanza y aprendizaje en el aula: determinar el nivel de rendimiento del docente comprobando si sigue a rajatabla la programación de aula, si aclara los criterios de evaluación y si son estos coherentes con los contenidos que imparte o, por ejemplo, si cumple o no con los criterios y estándares de calidad determinados por el centro educativo. Esta visión reduccionista nos aparta de la verdadera finalidad de la evaluación: la mejora del proceso educativo. Asimismo, todo el proceso perdería una visión global en la que tiene muchísima importancia el resultado que genera en el alumnado más allá de las formalidades asociadas muchas veces al sistema de gestión de calidad. No olvidemos nunca que la finalidad es hacer todo por los alumnos y para los alumnos.

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